Los caminos invisibles – Luis Felipe Moreno

Este texto de Luis Felipe Moreno, antropólogo e integrante de Cerbatana Colectivo y Red Yuma, es una reflexión sobre la problemática moderna del conflicto entre desarrollo vs. naturaleza, aterrizando al lector en el contexto de la violencia en colombia y las amenazas actuales que enfrenta el país frente al extractivismo y la colonialidad del poder.

La voz de los territorios se expresa no sólo en su humanidad; los sonidos de los paisajes y los seres que los habitan, nos recuerdan que asistimos a algo ya hecho de múltiples formas, la vida por sí misma. Las montañas, selvas y sabanas se conectan entre sí por medio de venas hídricas que alimentan la existencia de fauna y flora. La armonía y el caos se entrelazan en espirales de vida y muerte que se manifiestan en los relatos de las comunidades. Desde antes de la colonia y hasta la actualidad, han existido saberes desposeídos que consideran al ser humano como parte de su entorno y sus procesos naturales. Por esto, dominar a la naturaleza no es algo comprensible dentro de su racionalidad, pues la vida y su heterogeneidad son el centro, es decir, su perspectiva es bio-céntrica por lo que no consideran la división entre hombre/naturaleza como algo dado.

Hace 500 años, desde la invasión y el encuentro entre mundos ecológicos y simbólicos, se han impuesto posiciones de privilegio y subordinación que han hecho que unos sean los emisores, y otros, los receptores de lógicas impuestas (económicas, políticas, religiosas, culturales) que determinan sus territorios y sus cuerpos. Desde un comienzo, la pureza de sangre era indicador del “nosotros”, construido desde una perspectiva eurocéntrica, cristiana, masculina y rica. Luego, la razón científica (siglo XIX) constituyó las variaciones raciales como marcador de diferencia. Después, pasados algunos años de la finalización de la segunda guerra, y con la consolidación de Estados Unidos como la potencia mundial, se globalizó la idea de la pobreza, dividiendo al planeta entero en países del Primer, Segundo y Tercer Mundo.

De tal manera, la pobreza representada por los países del Tercer Mundo, fue objeto de definición, administración e intervención por parte de personas del Primer Mundo, a través de un marco discursivo llamado Desarrollo. La necesidad de articular globalmente la economía y estos paradigmas, creó la ilusión de encaminar los pasos de todos los pueblos hacia la imagen creada por las posiciones privilegiadas. Colombia, como ejemplo, ha experimentado desde su Independencia un proceso de imposición por parte de sus élites, imponiendo estos paradigmas a todos sus territorios, sin asumir con seriedad las formas humanas ya existentes, considerando como folclorismo lo indígena, lo afro-descendente, lo Rom y lo campesino, mas no como formas posibles de la existencia humana.

La ilusión requiere que los territorios sean vistos como recursos naturales dispuestos para el goce de los seres humanos; que no sean bienes comunes naturales sino mercancías; que hayan pobres dispuestos a ser mano de obra barata; que ciertos cuerpos sean reducidos a su sexualidad para el goce de algunos; que formas tradicionales de curación sean consideradas como drogas o creencias paganas; que se extraigan recursos y conocimientos del sur global para crear la riqueza del norte global. El despojo por parte de unos, para el beneficio de otros, ha sido la constante. Por lo tanto, la forma de estructurar el poder ha desangrado los territorios gracias a la colonialidad inherente a la globalidad capitalista. América Latina fue, y es, una dispensa de recursos de Europa y Estados Unidos, que ha vivido del menosprecio y el saqueo, sin dar cabida a la posibilidad de que los pueblos de estas tierras puedan decidir sobre su propia historia.

Desde la apertura económica en 1990, bajo la presidencia de Cesar Gaviria (1990-1994) hasta la actualidad, se han agudizado los procesos de despojo por la liberalización de los mercados, la reprimarización de la economía nacional, la firma de tratados de libre comercio y el Plan Colombia (alianza económico, político y militar entre Estados Unidos y Colombia). Éstos han sido presentados bajo las promesas del Desarrollo y el mejoramiento de la calidad de vida de los ciudadanos. Sin embargo, esto intensificó el conflicto armado (principalmente en el periodo de Álvaro Uribe 2002-2010), el desplazamiento forzado, las masacres, la paramilitarización del país, el aumento de la desigualdad socio-económica, los monocultivos, la dependencia del extractivismo (principalmente de petróleo y carbón) y la proliferación de eco-cidios.

Colombia es uno de los países más biodiversos del planeta y esto ha sido su maldición, ya que sus riquezas naturales se han puesto a disposición de las necesidades del mercado global, articulándose a la división internacional del trabajo y los modos de producción capitalistas. A pesar de ser un país tradicionalmente agrícola, y contar con tierra muy fértil, la economía en los últimos años ha estado enfocada en la extracción de recursos naturales.

¿A dónde va todo esto? A entender que el Desarrollo y la violencia son dos caras de la misma moneda. Aunque se haya firmado un Acuerdo de Paz entre las FARC-EP y el gobierno de Juan Manuel Santos (2010-2018), el extractivismo se ha profundizado y se ha impuesto por la violencia, a veces con cara amable (capitalismo verde), pero siempre bajo la colonialidad. El antropólogo colombiano Eduardo Restrepo usa este último término para explicar la lógica interna del colonialismo, momento histórico que sigue vigente hasta hoy en día.

Finalmente, el proyecto hidroeléctrico Hidroituango de Empresas Públicas de Medellín (EPM), representa el proyecto energético más ambicioso de Colombia. Se ubica en el cañón del río Cauca del departamento de Antioquia, tiene influencia sobre 12 municipios, proveerá el 17% de la demanda energética del país (2400 megavatios), miles de empleos y “progreso” en la región. Sin embargo, hace unas semanas se presentó una creciente del río cuando se destaponó uno de los túneles por donde fluía el agua. Esto generó la destrucción de tres puentes y 600 personas damnificadas. Desde entonces, el país se encuentra en vilo porque no se ha podido controlar el taponamiento, pues se puede generar el colapso de toda la estructura. Se prevé que generaría miles de víctimas por una avalancha que borraría del paisaje a pueblos enteros, sin mencionar la afectaciones ambientales.

Más allá de los errores técnicos por incompetencia o corrupción, este proyecto ha presentado bastantes problemas desde un principio, ya sea de manera directa o indirecta, que los ha vinculado con situaciones de violencia. Organizaciones activistas como Ríos Vivos han denunciado que el llenado de la represa destruyó la memoria histórica del conflicto armado que se ha vivido en la región. Esto es importante porque en esta zona ha habido presencia de grupos armados —principalmente paramilitares— por lo que se han producido desapariciones forzadas y masacres. Las víctimas claman por la verdad de lo que ha pasado allí. Por otro lado, se conoce que en el último mes, han sido asesinados líderes de Ríos Vivos que se han opuesto al proyecto Hidroituango.

Como ya se ha mencionado, el Desarrollo ejerce violencia contra las personas y los entornos que habitan. No sólo en términos físicos, sino también desde un aspecto simbólico. No hay cabida para las comunidades y sus propias formas de concebir sus territorios, simplemente se impone y ni siquiera se consulta. Este ejemplo es uno entre miles que han ocurrido en Colombia y América Latina. Por lo tanto, es momento de asumir la existencia de esos saberes desposeídos que construyen realidad y que han sido silenciados. Para esto, hay que tomarse enserio el dicho zapatista cuando hablan de la construcción de “un mundo donde quepan todos los mundos”; por la liberación de la Madre Tierra de los indígenas del Cauca en Colombia, “ríos para la vida, no para la muerte”, que se manifiesta desde Ríos Vivos y “La Alegría Resiste” como motor del cambio.

Luis Felipe Moreno
antropólogo y activista de la Red Yuma

Artículo publicado por la revista catalana Hemisferia