Historia-Histeria-Hysteron – Gabriela del Mar

Para 'celebrar' el Día Internacional de la Mujer, compartimos este tejido textual en donde Gabriela del Mar hace un acercamiento a la historia de la sexualidad femenina, en relación con la palabra antigua para llamar al útero: hysteron. De donde además proviene la etimología de la palabra histeria. ¿Será por eso que las mujeres están condenadas a ser histéricas? ¿Qué significa exactamente ser histérica? entérate leyendo.

I

La historia de la sexualidad femenina es quizás la más delicada al escrudiñar fibras sensibles, pues toca cuerdas profundas escondidas en el inframundo de la psiquis humana. Actualmente, la bibliografía que se puede encontrar al respecto ha incrementado con el paso del tiempo. Parece que son cada vez más las mujeres interesadas en investigar, profundizar y escribir sobre temáticas que, anteriormente, solo se encontraban bajo autoría académica de los hombres, científicos o médicos.

Este punto aparte colocado por mujeres en la historia, se hace evidente en alusiones a “herstory”, que traduciría algo así como “el relato de ella” en inglés. El juego de palabras cobra sentido, si se tiene en cuenta que “history”, (que quiere decir “historia” en inglés) se puede separar en dos sílabas “his” – “tory”. La sílaba “his”, cumple entonces la función de pronombre posesivo, designando a la tercera persona masculina del singular. Es decir, “history” vendría siendo “su relato” o “el relato de él”. Tanto rodeo gramatical, para destacar la manera en que la palabra “historia”—en inglés— tiende a preponderar lo masculino.

Pero lo que en realidad hace la historia, como ciencia social, es estudiar el pasado de la humanidad y los procesos que nos han llevado a vivir este presente. ¿Cómo es posible entonces que se estudie solo la versión escrita y relatada por cierta parte de la humanidad? En mitos, epopeyas y narraciones antiguas —consideradas canónicas para nuestra historiografía— el sujeto histórico a investigar ha sido siempre el hombre. La mujer ha estado allí pero como presencia silenciosa, como su costilla, su sombra o la raíz de sus problemas.

Por eso las mujeres —desde los años setenta— están optando por hablar de “her-story”, reivindicando un espacio femenino en donde podamos apropiarnos de la historia bajo nuestro propio lente. A la historia le tocó aceptar el marco de dicha categoría, como la “creación de un nuevo campo de conocimiento marcado no solo por numerosas tensiones y contradicciones, sino también por una compleja y creciente comprensión de lo que significaba escribir la historia siguiendo el hilo del género.” (Navarro, p. 99-119). Es normal entonces, que existan discusiones y críticas respecto al surgimiento de una “historia de las mujeres”, enfocada bajo el mismo lente patriarcal y que se diferencia de la “historia del género”.

El feminismo como corriente teórica, ya ha utilizado el término “herstoria”, —a manera de castellanización— para debatir y criticar la historia. Pero como este texto no es (del todo) feminista, me gustaría jugar con el español para encontrar otra palabra en la que podamos denotar, ese espacio alterno de sabiduría femenina, no solo dentro de la escritura y la investigación, sino en la propia experiencia.

Podríamos jugar a nombrar, con el poder de la palabra, un lugar ajeno a discusiones científicas y/o académicas, para sumergirnos en ese oscuro útero del pensamiento. Allí, en la ameba donde se forjan la vida, la memoria, las ideas —propias y prestadas— del ser; un espacio de conexión con ese lado intuitivo —femenino— que todo ser humano posee más allá de su sexo. Es aquí en donde podemos pensarnos mujeres, o desde donde podemos pensar a las mujeres, sacándolas de cualquier idea preconcebida que lleguemos a tener sobre lo que es ser una. Tal vez así podamos, al fin, leer más allá de las palabras.

II

No es fácil, sin embargo, liberarse de todo aquello que, desde los primeros registros que datan al inicio de la historia, se ha dicho, hecho y escrito sobre la mujer. Son siglos pesados como cadenas que hay que romper. Las imágenes arquetípicas, que nos acompañan desde el momento mismo en que nuestra madre nos dio luz a la vida, nacen del erotismo de sus senos, sus caderas, sus muslos; del calor que su cuerpo emanaba para nuestro más vulnerable momento. Es como si el trauma para la consciencia que implica separarnos del líquido amniótico, tuviera secuelas de por vida, pues al nacer necesitamos de su cuerpo para sobrevivir: su leche, su regazo, el sonido de su corazón latiendo para calmar nuestro estado de shock.

En la prehistoria, esta realidad era mucho más cercana a la verdad, pues en el neolítico la Tierra todavía no era tan domesticada como la vemos hoy y el patriarcado no estaba —todavía— ni en el pensamiento. Ahora tenemos los avances de la medicina, biberones, chupos, y cualquier cantidad de cosas, para distraer al bebé de su crisis existencial por no estar pegado a la madre. Comenzamos por ella, pasando luego por la cercanía a cualquier mujer: abuela, tía, prima, hermana, amiga, para finalmente, encontrarnos ante el bombardeo comercial de nuestra sociedad sobre la figura —predeterminada— de lo que debería ser una mujer. Esta cantidad de información visual (y emocional, ¡ojo!) con la cual nos atiborramos sin poder digerirla, cumple una función muy especial: mantenernos a todos igualmente confundidos sobre su papel fundamental en la sociedad.

Al ser recreada —una y otra vez— la imagen maternal o la femme fatale, automáticamente el inconsciente se cree el cuento de que las mujeres solo sirven para ser madres o producir erotismo y placer. Así las cosas, se nos inculca ese ideal a ser atractivas, o miedo a ser madres, e incluso el rechazo al hecho mismo de nacer mujer. No por nada escribió Freud, en su obra Sobre la Sexualidad Femenina:

“Todo, en el ámbito de la primera vinculación con la madre, me parece difícil de captar analíticamente, oscuro, remoto, sombrío, difícil de devolver a la vida, como si hubiera caído bajo una represión particularmente inexorable.” (Freud, p. 518)

Desde la antigua Grecia hasta las famosas teorías freudianas, los hombres han sido quienes discurren sobre temas de sexualidad, salud reproductiva e intimidad de la psiquis femenina, quizás buscando comprender el misterio de ser mujer. Así fue también como, en la década de 1880, fue patentado el invento de un señor llamado Joseph Mortimer Granville, quien socorría a los desesperados consultorios médicos en su problema de no tener suficientes manos, para llevar tantas pacientes al “paroxismo histérico”, esto es, el orgasmo. Ni el vibrador fue pensado en su origen para mujeres; sino para hombres que no lograban entender la profundidad del hysteron —vocablo griego de donde proviene la palabra útero— especulando en vano sobre sus movimientos y pulsaciones.

Ni Platón, ni Hipócrates, ni Freud sabían lo que es tener uno. Ellos no podían sentir la vibración del “útero errante” que palpita como un segundo corazón, y muda su piel como una serpiente cada ciclo de luna. No pueden adivinar la transmutación que experimenta el ser al dejar fluir los caminos de sangre, desde el útero hacia afuera, colocando al cuerpo en un estado receptivo superior. Sin embargo, han podido estudiar hasta el cansancio sus patologías, explicando en la supuesta imperfección del cuerpo femenino, la causa de todos los males que padece una mujer. Porque al menos en las sociedades occidentales, nadie se toma la tarea de explicarle a una niña los procesos por los cuales pasa su cuerpo al llegar su primera menstruación. Nadie habla, tampoco, con una mujer adulta sobre los estados en los que entrará su consciencia con la menopausia. ¡Y ni pensar en enseñarle a las jóvenes los poderes escondidos detrás del autoconocimiento sobre su cuerpo, su vulva, su clítoris! El sexo como tabú ha generado un silencio incómodo y hostil, ante la necesidad de hablar abiertamente sobre temas de sexualidad femenina, placer y erotismo. Dichos asuntos, que hoy cobran cada vez más protagonismo, parecen ser la llave perdida que abre el cofre de memorias uterinas, transmitidas de generación en generación.

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III

Así como dicen que el cuerpo tiene memoria, el útero también la tiene, encubierta de historias milenarias sobre la resiliencia de las mujeres. La resiliencia es la capacidad humana para soportar barreras. También es la elasticidad que tiene un material, para resistir fuerzas externas sin deformarse. Dicha adaptabilidad en el cuerpo femenino, se puede observar en la expansión del útero con el embarazo, o en la dilatación del cuello uterino durante el parto.

Pero además, la resiliencia ha sido elemento importante para templar el espíritu de las mujeres, a lo largo de siglos de fuerzas externas represivas. Han sido ellas las verdaderas guardianas de la vida, no sólo por su capacidad física para soportar el peso en su propio cuerpo de otro ser, ni por el proceso histórico que las llevó a ser botín de guerra o relegarlas a los confines del hogar y la crianza. Como parte de cualquier núcleo familiar y socio-cultural, la mujer ha sido —y es— receptáculo sagrado, pues su cuerpo tiene la capacidad de conectar con la sabiduría de los ciclos naturales, si desarrolla su autoconsciencia y los poderes de su intuición. Pero desde hace un tiempo hasta nuestros días, la única manera de —medio— conocer el propio cuerpo y su buen funcionamiento, es a través de un tercero, dotado con toda la autoridad para explicar lo que sucede con nosotras. Nadie nos dice cómo, por ejemplo, el útero es un músculo que se atrofia y ablanda si no se ejercita, al igual que lo son glúteos y tríceps. Sin embargo, no existen gimnasios para ir a hacer respiraciones ováricas o terapias con huevos de obsidiana.

Tampoco una madre hablará con su hija sobre las partes de su yoni, ni la impulsará hacia la autoexploración de su propio placer, sin antes haber pasado —ella misma— por una liberación sexual que no es fácil de asumir. A propósito de la palabra yoni, ésta se ha popularizado tanto que existe hasta un best-seller —bastante difundido en Colombia— llamado Masaje Yoni de Michaela Riedl, en donde explica y enseña a las mujeres a estimular el placer por medio de técnicas tántricas. La yoni proviene del sánscrito y significa el “templo sagrado”, en contraposición a la palabra latina vagina, que significa estuche. Vaya semántica la que ha prevalecido para nombrar las partes de nuestros cuerpos.

La desconexión con el útero sigue siendo una discreta realidad entre las mujeres que limita el conocimiento sobre nuestros cuerpos, y nos des-empodera sin saberlo. ¿Cómo? Pues veamos las dificultades que presentan las mujeres al tener hijos, sin nunca haber estado preparadas para ello. Y con esto no apelo a la educación, que pretende hacer de las mujeres un ser obediente y sumiso ante las expectativas que el hombre y la sociedad tienen de ella. Estoy mencionando el hecho de que hemos tenido que hacer uso de nuestro cuerpo, sin saber realmente cómo sacarle el mejor provecho.

Las menstruaciones dolorosas, la amenorrea, los partos complicados, la inestabilidad emocional durante y después del embarazo, las innumerables patologías que recorren el cuerpo de la mujer con un bisturí para “arreglarlo”, son solo algunas de las situaciones que llegan a mi mente. Pero el componente resiliente que nos conforma, posibilita ir más allá de las limitaciones impuestas o adquiridas. Y es así como mujeres de todos los siglos pasados, han buscado en otras mujeres el acompañamiento, la fuerza, las canciones y la poesía que nos ha negado el mundo.

Hemos estado al calor del fogón preparando los alimentos, descubriendo los secretos de las plantas, árboles y frutos para transformarlos en sustancias curativas y alimenticias; elaborando materias primas para la producción de artesanías o elementos de uso cotidiano; jugando con los niños, observando con tristeza como se matan los hombres entre ellos; somatizando —de alguna manera u otra— toda esa historia que cuenta la victoria de reyes, imperios, guerras y conquistas, mientras que la mujer seguía resiliente a su contexto.

No es extraño entonces, que el hysteron haya devenido en trastorno o enfermedad, trasnochando a tantos estudiosos del siglo XIX, cuando la histeria se volvió entre las mujeres una epidemia. Sin embargo, en textos científicos de la época, Bedford menciona en sus Lecciones Clínicas de las Enfermedades de la Mujer (1864), la posibilidad de que el hombre también sea un histérico, demostrado en su masturbación excesiva como sintomatología. Al parecer, no solo la mujer somatizaba su frustración sexual de maneras exageradas. Al fin y al cabo, hombres y mujeres hemos sido igualmente avasallados por el patriarcado y el peso de la historia. Así pues, la histeria es como la historia del hysteron: el punto de vista masculino sobre los úteros. En la oscuridad se esconden todas esas pulsaciones reprimidas que la mujer, hasta el día de hoy, siente todavía y que, poco a poco, van encontrando su lugar en la herstoria.

Pero, ¿qué tal si la llamamos hysterocrónica ohysteroalidad? No. Quizás ya no importen tanto las categorías, ni que se nos siga considerando histéricas al llevar un “animal errante” por dentro. El hombre ya contó su historia sobre la histeria y le hemos creído. Pero desde nuestra memoria uterina, sabemos que allí se forjan nuestros sueños, se forja la vida y la creación. El apelativo de histéricas se nos da por el simple hecho de tener un hysteron incomprendido, pero en todo caso le agradecemos a la histeria que nos haya inventado el vibrador.

 

Gabriela del Mar Abello Goes
@unaestrellitademar

Texto originalmente publicado en el blog de Mygrlstory


Referencias:

NAVARRO, Leidy Carolina Navarro. De la history a la herstory: un debate inconcluso. (2015). Revista Historia y Sociedad. Medellín, Colombia, Julio–Diciembre p. 99-119

FREUD, Sigmund. La sexualidad femenina (1931) Obras Completas Tomo III (Biblioteca Nueva, Madrid 1968) p 518.

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