De la reminiscencia próxima y el pensamiento occidental en América del sur: La búsqueda de la voz de nuestro territorio – Apilaresluz

Tejido Textual a manera de ensayo que propone, desde la perspectiva occidental, una búsqueda necesaria y cada vez más activa de los lenguajes e imaginarios simbólicos propios del continente que llamaron "Nuevo Mundo" y que ahora renombramos, junto con los pueblos indígenas, con la palabra Abya Yala: palabra kuna-tule que quiere decir, tierra viva, tierra que florece o tierra en plena madurez. Así vamos madurando y floreciendo nuestro pensamiento hacia un nuevo despertar para descolonizar nuestra historia personal y colectiva como mestizos, como resultado de una mezcla que no termina y de la cual aun se puede rastrear profundas raíces vivas en nuestro continente 'Amerindio'

Todo lo que queda de nuestra memoria antes de la colonización es un débil atisbo que despunta desde la intuición. La memoria se asemeja a una bolsa y suele llenarse con los episodios que ésta crea desde la consciencia (Ouspensky) y que la palabra se encarga de narrar / transmitir. Habiendo perdido la palabra original en casi su totalidad, el recurso visible para recuperar la memoria son las reminiscencias y la intuición. Las reminiscencias descansan en algún lugar de nuestro cerebro y, de cuando en cuando, se hacen audibles. La intuición, en cambio, es pulsión para la creación. Todo lo que ahora tenemos para recuperar nuestra memoria ancestral son estos elementos y algunas herramientas cognitivas occidentales y orientales para darles cauce, las cuales iré develando en la continuación de este texto.

El español es nuestra lengua. Contrariar esta afirmación sería dejarnos en los limbos del desarraigo. Insisto en que somos la simbiosis de un occidentalismo impuesto —¿o negociado?— y una cosmovisión territorial que apenas despierta. Se trata de equilibrar esta simbiosis con una dosis más alta de nuestro territorio y su voz innata, que conecte con las necesidades de América como continente y pueda potenciar otros elementos externos a él, incorporados en lo sucesivo de su historia. La conquista y sometimiento son dinámicas inherentes al ser humano, pero éste no es el único en la faz de la tierra, cielo y agua que habitamos: eso —apenas ahora— con las crisis en lo sucesivo de la globalización comenzamos a digerirlo.

Desde allí, desde este preámbulo que solo recordaremos en nuestra ancestralidad toda vez que recorramos nuestra historia más reciente, comienza este texto. Tiene una misión a modo de premisa: relatarnos desde donde podemos. La historia del árbol donde colgamos el primer columpio, la verja que saltamos para mirar un atardecer o la relación con lo biológicamente vivo en nuestras viviendas citadinas es darle lugar a nuestros relatos fantásticos de infancia, con la esperanza de que en ese recorrido por los recuerdos la memoria comience a encontrar otros caminos hacia nuestras raíces. Esto es un proceso de largo y paciente aliento que conquiste, ya sin sufrimiento, el pasado. Aquí, mi relato original:

Cuando tenía 8 años solía subirme a los árboles de mi quinta buscando encontrar horizonte, aún sin conocer la palabra ni haberlo nombrado. De mango en mango, con algunos varios golpes, hacía de gato o de alcatraz y recreaba cómo llegaba hasta esa línea, de donde manaban dos paletas de colores diametralmente opuestas en temperamento. Hoy entiendo que ese juego de niña era intuición del territorio donde nací en el mar. Acepté que yo también era un poco mar: infinita; que era un pez cuando intentaba comprender a mi prójimo, al otro, y que era el salitre que corroe lo estático con el firme propósito de transformarlo.

Desde entonces busco de él —del mar— con una frecuencia proporcional a la necesidad vital de oxígeno. Voy al mar y me siento a mirarlo. Voy a ver cómo el horizonte se convierte en un bolsillo donde el sol parece descansar. Voy al mar a que la sal me haga nueva. Y mi cuerpo se unirá al mar cuando el tiempo sobre este plano se me acabe.

Creo y es así como las reminiscencias de mis ancentros —enraizadas en los Andes colombianos— se me han revelado: recordándome que soy de todo lugar donde la vida sea posible, que el movimiento es la voluptuosidad de la vida y la contradicción su motor. Por ello y no por otra razón soy tan andina como de agua salada.

Cito a un poeta cartagenero conquistado por la capital. Este poema relata la aventura interminable de seguir descubriéndonos en la historia de lo vivo. Aquí la poesía incita a la incertidumbre y a la búsqueda como camino, como un infinito innegociable que merece fluir. A mi parecer, y desde lo occidental de su construcción, es voz del territorio:

 

De Rómulo Bustos Aguirre:

 

 

SOCRÁTICA

 

No confíes en la respuesta del espejo

que tu cuerpo interroga

Lo que somos o no somos

es el secreto que hubiera salvado

del suicidio a la esfinge tebana

La verdad no es negocio de hombres

Recuérdalo

Siempre serás tu más íntimo forastero.

 

Tania del Pilar/ Apilaresluz
@irregularvarieté

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *