La abuela Pacha y sus Ancestros — Tupak Wayra Runa

Este cuento hace parte de la tradición Aymara y es traído a la escritura por el hermano Tupak Wayra quien nos comparte su cultura ancestral de los Andes Bolivianos. Durante este tiempo del mes de Noviembre, conocido como Wiñay Pacha o Amay Pacha, se realizan ofrendas a los espíritus de sus muertos y ancestros que vienen a visitar. Este es un tiempo en que las culturas ancestrales celebran y preparan rituales, altares, ofrendas y alimentos a sus seres queridos que se encuentran del otro lado del camino. Es una energía poderosa y especial la que se respira en todo el planeta, la conexión espiritual con nuestros antepasados se hace más fuerte y así como en México se popularizó el Día de los Muertos o el Día de todos Los Santos relacionado con Halloween. ¡Que sea este un tiempo de despertar la memoria de nuestros abuelos y abuelas! Jallalla

Hace mucho tiempo atrás, había una Apachi (Abuelita) llamada Pacha que vivía en un Ayllu (comunidad) a orillas del lago Titikaka, era muy ancianita, parecía tener toda la edad del mundo, llevaba su axso negro muy gastado y descolorido por el pasar del tiempo; un phuyu (manta) que le cubría su cansada y poco erguida espalda; su rostro moreno, color de la tierra, parecía ser la tierra misma en una mujer.

Un día al salir de su chocita observo en el horizonte unas nubes muy extrañas, puso su mano a la altura de su frente y se quedó mirando por algunos minutos el cielo, observo detalladamente las figuras en las nubes, una sonrisa medio dibujada apareció en su rostro. Bajó la mano y fue alrededor de su casa buscando algo que solo ella sabía, miró el suelo, miró las paredes, miró la entrada a su casa y vio que habían insectos que no habían antes en gran cantidad, volaban sobre los corrales de los animales, volaban cerca a las pirwas (almacenes de comida) de alimentos.

En ese momento, como sabiendo que algo increíble fuese a pasar, se completó de dibujar esa sonrisa de sabia abuela jayamara (aymara), se agarró el pecho con las dos manos y suspiró hasta que el silencio se hizo en su corazón. De repente como si se tratase de una niña, entró corriendo a su casa, removió los sacos y cajones, sacó dos ponchos. Eran de su esposo don Benito y su hijo Waskar, quienes hace años fueron raptados por hombres armados, que entraron violentamente a su casa y se los llevaron a pelear una guerra que ellos no comprendían. En voz baja decía la abuela Pacha
—Se han llevado a todos los hombres del ayllu.

Mientras los recuerdos de su familia pasaban, uno tras otro, por cada espacio de aquella casita de abobe con techo de paja que junto a su esposo habían construido, el corral de su animalitos, las flores y los árboles que habían plantado hacía medio siglo, el recuerdo de aquel viejo sabio Amawt’a (curandero) que los había casado, el ayllu bailando al son de los pinkillos (flautas) y wankaras (tambores) y cuando el Waskar había nacido… de pronto gotas de lluvia cayeron de sus cielos y habló en voz baja:

—Nunca más han regresado.

La abuelita Pacha guardaba con mucho amor las prendas de su esposo que en aquel entonces tenía 33 años y su hijo de 12 años, quienes en 1933 habían sido raptados y llevados a la fuerza. Desde entonces y casi a sus 100 años de edad, la abuela Pacha se había quedado sola, los primeros 20 años esperando, viendo siempre aquel sendero por donde don Benito silbaba alegría y el Waskar casi bailando solían retornar todas las tardes de la chacra. Después de años de espera se resignó… nunca más vio a su esposo ni su hijo y desde entonces en su vida había un profundo silencio.

Regresó de los recuerdos a su chocita de adobe, agarró las cosas y ropas que guardaba de ambos, las puso sobre una mesita que había construido su esposo. Respiró profundamente y empezó con una alegría desbordante a encender su Qeri (cocina), sacó sus mejores ollas de barro y empezó a cocinar algo exquisito: charque, papa, chuño, ají y demás cosas, los olores jugueteaban por cada rincón de su casa, cuando cocinaba sonreía como si se acordara de cosas bellas y graciosas. Después de terminar de cocinar, tomo harina de quinua y empezó a preparar con agüita, paciencia y cariño dos panes grandes de quinua, poco a poco apareció la figura de un hombre y de un niño, cuando estaban terminadas, tomó los panes y los puso a cocer en su hornito de barro. Los sacó y como si se trataran de sus wawas, las tomo con delicadeza y salió con ellos de su casa. Vio que caían las primeras gotas de lluvia e inmediatamente volvió a entrar, limpió la mesa, tendió el más hermoso de sus awayus, cortó flores hermosas del campo y las puso al rededor, tomo la imagen de pan del hombre y le dijo:

—Benito, que bien que haz regresado, te he estado esperando. Ya he sembrado la papa, la coca y bien ha agarrado, haz venido con la lluvia, con eso más bien va crecer todo, me han ayudado los vecinos del ayllu. Este año a don Fidel y doña Primitiva les ha tocado pasar autoridad, como me ves cada año estoy más vieja, en este tiempo es más difícil estar sola… en el ayllu casi todos los que quedamos somos mujeres y algunos abuelos, los jóvenes se han ido a la ciudad y ya casi no hay niños…

Miró el otro pan y sonrió, era el pan de su niño y otra vez se le nublaron los ojos.
—Waskar, mi Waskar, ¿no le estarás haciendo renegar a tu papá no vé? Eras tan travieso, tus llamitas de piedra con las que sabías jugar te las he recogido, ese día te haz olvidado llevártelas.
La mamá guardaba en una chuspita todos sus juguetitos de piedra y madera que su papá se los había hecho
—Juntos siempre van a estar, parece que pronto iré con ustedes, pero me da pena dejar todo así, ¿Qué será de nuestra casita? ¿Qué será de los animales? Se va enfermar de pena la casa.
Puso los panes con mucho cariño al centro del Awayu, puso sus ponchitos cada uno al lado de quien le perteneció, puso a los pies del niño todos sus juguetitos de piedra y madera y empezó a servir la comida que había cocinado tan dedicadamente, sirvió el primer plato y dijo:
—Esto es para ti Benito el Chayrito que tanto te gusta, con charquecito mas bien rico está.
Lo puso al pie de la figura de don Benito, de otra olla saco empezó a servir otra sopita bien rica con pescado y dijo:
—Para vos Waskar te lo he preparado tu wallaqito que tanto te gustaba, ¡Mira qué rico!
Y puso la comida a los pies de la figura de su hijo. En una jarra de barro, tenía k’usa (refresco de maíz) sirvió en dos vasos y los puso a los pies de los panes. Se sentó en el suelo, parecía que los casi cien años de edad que tenía habían desaparecido y en su lugar estaba aquella mujer tan jovial que trabajaba la tierra junto a su familia hace años. Pijchando coca empezó a orar en voz baja:
—Jallalla Achachilas, Jallalla Apachitas, Jallalla Wak’as, Jallalla Pachamama, a mi papa, a mi mama, a mis abuelos y mis abuelas, y a todos mis antepasados bienvenidos nuevamente.

Sacó de varias ollas con papa, chuño, mote, tunta, charque, queso y lo sirvió sobre una unkuña y dijo:
—Sírvanse esta comidita por favor

Ella también se sirvió un plato de comida y les dijo:
—Ahora la familia se ha reunido de nuevo, comeremos, comeremos…

La abuelita Pacha se quedó hablando en su casa toda la tarde con los Ajayus de sus antepasados especialmente con su esposo don Benito y con el Waskar, por 7 días. Cada día que pasaba, las comidas de sus platos eran menos y menos, la chicha aparecía más abajo en sus vasos, los Ajayus de la familia de la abuelita Pacha estaban comiendo la ofrenda que ella les preparo. Cuando ya se cumplió el séptimo día, ya no había comida en los platos y los vasos de k’usa estaban vacíos. Se alegró mucho y les dijo:
—Qué bien que les ha gustado, con mucho cariño se los he preparado.

Abrió la puerta de su casa, un sentimiento de nostalgia apareció en su pecho y dijo con una voz enronquecida y temblorosa:

—Llegó el momento de que regresen ¿no? Cuídenme siempre desde donde estén, nunca se olviden de mí, háganme sueño para avisarme lo bueno y lo malo, salúdenme a mi mamá y a mi papá, a los viejos amigos y amigas que están allá en las montañas con ustedes.

Y les dijo JIKISIÑKAMA que significa, hasta encontramos nuevamente.

Salió hasta el sendero que iba hasta las chacras lejos del pueblo, camino que siempre recorría don Benito y el Waskar para ir a trabajar la chacra. Se quedó mirando nostálgica, el gran padre Inti se perdía tras las montañas en el horizonte. Aquel momento parecía eterno y el más sagrado de su vida. Y en voz baja volvió a decir

—JIKISIÑKAMA BENITO, JIKISIÑKAMA WASKAR, JIKISIÑKAMA TATA, JIKISINKAMA MAMA, JIKISIÑKA AWICHUS, JIKISIÑKAMA AWICHAS... Pronto partiré hacia la luz del infinito, allá donde nacen las estrellas para que estenos juntos nuevamente por la eternidad.

Dicen que las lágrimas de las abuelas hacen que el cielo se conmueva y llore con ella. Aquel atardecer cayó la lluvia más hermosa de todas, las lágrimas caían y recorrían sus arrugas, como cuando el agua en la tierra se hace campo para fluir… aquel día la mujer y el cielo se hicieron uno, nunca más nadie volvió a ver a la abuela Pacha. Así la finitud de una abuela se fundió con la infinitud del universo.

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Tupak Wayra Runa
amauta y músico, investigador en taller de descolonización

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