Minga de Páramo: Ayllu Yanakuna & Chaskis de Bacatá

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En la lengua runasimi o mejor conocida como quechua, el ayllu es el vínculo sanguíneo más cercano: papá, mamá, hermanos. De esa manera familiar, estuvimos compartiendo con el oralitor y poeta yanakuna Fredy Chikangana, su ayllu y otros chaskis que habitan el hermoso territorio de agua que es Bogotá y sus alrededores. Luego de tomar un alimentador de Transmilenio que nos llevó a Choachí, pudimos respirar un aire puro, limpio y húmedo, diferente al del smog urbano acostumbrado. Estábamos en el páramo.

Arriba, a los 3.500 metros de altura sobre el nivel del mar, nos encontramos caminando por senderos de piedras, recorridos de los antiguos chaskis. Estos caminos ancestrales nos llevaban a una laguna sagrada, mejor conocida como El Silencio, en el Parque Ecológico Matarredonda.

Justo antes de empezar nuestro recorrido, nos detuvieron unas personas que vociferaban cosas mientras se bajaban de una camioneta en la mitad de la carretera. Ya habíamos cruzado la cerca, nos encontrábamos del otro lado que delimita esa zona llamada "propiedad privada", o más bien, prohibida-de-transitar-sin-previa-autorización y querían llamar a la policía. Eramos unos bandidos que intentaban entrar al "parque" sin pagar el absurdo aporte de quince mil pesos por cabeza. —"Pero por ser indígenas se los dejamos más barato",— decía la mujer con un aire de arrogancia. Además debíamos de ir hasta la entrada principal del Parque para realizar el pago y caminar solo por el "sendero autorizado".

Pero nosotros, que ya habíamos pedido permiso a los espíritus del Páramo con un poco de samay, nos dispusimos a convencerles de que debíamos seguir nuestro camino por donde habíamos entrado, ya que habían motivos espirituales de peso para la ofrenda que se iba a entregar, y que a pesar de todos sus estudios ellos no entendían. Al final accedieron a recibir la suma de dos mil pesos por persona y dejarnos entrar por la cerca que ya habíamos cruzado nuevamente antes de que nos "autorizaran".

Cuando por fin se habían ido, nos juntamos todos en círculo para nuevamente pedir permisoy agradecer, mambeamos un poco de koka y emprendimos la caminata con respiraciones entrecortadas y sudor resbalando frío. Los abuelos Frailejones nos hablaban en silencio, mientras el agua adquiría todas las formas posibles para hacerse sentir.

Al llegar a la Laguna Sagrada preparamos una hermosa chakana, la Cruz del Sur, en donde colocamos semillas, piedras, telas, pensamientos, hojas de koka entre otras cosas. Mientras la tejíamos cantaba la neblina y se turnaba con el Sol, que por momentos aparecía para ayudarnos a encender un pedacito de su cuerpo.

 

Ya todo estaba listo para empezar a invocar a los espíritus por medio del zapateo, la danza, el canto y la concentración de la fuerza de nuestros pensamientos. Sólo ellos saben las maravillas que se tejieron alrededor de ese fuego, en el corazón de esa laguna, los secretos que se compartieron con el centro del misterio. Cada uno de los que allí estuvimos puso algo en esa ofrenda para agradecer por el agua, por la vida y por los ciclos de la muerte, por los antepasados y por las semillas que vienen, los guaguas.

 

Nos fuimos de allí con el corazón limpio y agradecido por tanta belleza, pero también cansados, mojados y con frío. Nos fuimos con la certeza de que los guardianes de ese lugar sagrado se sintieron satisfechos con el alimento espiritual que les llevamos. Tenían hambre, tenían sed. Nadie los recuerda allá en lo alto donde nace el agua y vuela el cóndor.  No importa cuántas cercas haya que cruzar, cuántos límites ilusorios haya que atravesar, cuántas luchas mas por la tierra haya que librar, allí estaremos diciendo JALLALLA: aquí estamos en pie de lucha, triunfaremos. Seguiremos haciendo ceremonia, ofrenda, entregando alimento a los seres espirituales que no vemos pero sabemos que nos ven a cada momento.

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